En una cultura que valora el hacer por encima de todo, elegir el ser es el acto más radical y más necesario que podemos realizar. Esta pregunta, que parece sencilla en su formulación, contiene toda la complejidad de la experiencia humana contemporánea. No se trata de una pregunta retórica ni de un ejercicio intelectual; es la pregunta más práctica y urgente que podemos hacernos.
Cuando hablamos de ser, inevitablemente nos encontramos con una paradoja: aquello que más buscamos es precisamente lo que ya tenemos, pero que hemos aprendido a ignorar sistemáticamente. La tradición filosófica, desde los griegos hasta los pensadores contemporáneos, ha circundado este territorio sin nombrarlo siempre de la misma manera.
La práctica, en este contexto, no significa un conjunto de técnicas que aplicar mecánicamente. Significa, más bien, una forma de relacionarse con la propia experiencia: con apertura, con curiosidad, con la disposición a ser sorprendido por lo que ya está aquí. No como destino al que llegar, sino como terreno en el que ya estamos.
Las implicaciones son más radicales de lo que parecen. Si tomamos en serio esta perspectiva, el modo en que vivimos nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestras decisiones cotidianas, cambia fundamentalmente. No porque hayamos aprendido algo nuevo, sino porque hemos dejado de ignorar lo que siempre supimos.
Hay una diferencia crucial entre entender esto intelectualmente y reconocerlo en la propia vida. El primero es un ejercicio mental que puede realizarse en minutos. El segundo es el trabajo de toda una vida, y precisamente por eso vale la pena comenzarlo hoy.
“La presencia no es una técnica que se aprende. Es una naturaleza que se recuerda.”
— Myesscense
Temas relacionados